Cuando mi papá era niño y las cosas no iban tan bien económicamente, su gran premio por buenas calificaciones era que su papá lo llevara a los portales de la ciudad a tomar una Coca-Cola bien fría. No podían darle grandes regalos, pero nunca dejaron de encontrar una forma de reconocer su esfuerzo.
Por eso, cada vez que compartíamos una, me contaba cuánto disfrutaba repetir conmigo aquel pequeño ritual. Hoy las circunstancias son distintas, pero una Coca-Cola fría sigue significando exactamente lo mismo: un pequeño lujo, una recompensa, una forma de celebrar estar juntos.
La última que compartí con mi papá fue en mayo de este año. Sé que será la última. Pero la historia no termina ahí: algún día me sentaré con mi propio hijo, abriremos una bien fría para celebrar alguno de sus logros, y le contaré que ese pequeño gesto empezó con su bisabuelo — y ahora continúa con él.


